TDAH y autoestima en adultos

 

El TDAH y la autoestima

Dos pacientes. Con vidas completamente distintas pero mucho en común. Hombre y mujer. Ambos han pasado los 50. Vienen a consulta en dos momentos distintos y por motivos distintos. El uno no puede reconocer su ansiedad y el otro cree que todo se debe a su ansiedad.

Pero en el largo camino vital que les ha llevado al punto de ruptura que les trae a la consulta de un psiquiatra, muchos aspectos de el uno y el otro parecen reflejos en un espejo. 

Ambos aparecen en consulta con toda su documentación perfectamente organizada. 

-Madre mía, menudo obsesivo

Pienso, mientras me entregan las documentaciones de los distintos especialistas que les han atendido, perfectamente clasificadas por especialidad, patología y en orden cronológico. Ambos vienen acompañados. Su pareja es su cerebro, dicen. 

Ambos han tenido dificultades en los estudios y, sin embargo, han llegado más lejos de lo que creen merecer. Porque creen merecer muy poco porque piensan que son muy tontos

-Doctora, es que la gente se acuerda de las calles, de los números, de las fechas... y yo tengo que apuntarlo absolutamente todo o no recuerdo ni la matrícula de mi coche.

-Es que me hablan y entiendo los primeros 30 segundos. Después me pierdo.

-Voy haciendo un camino que hago toooodos los días, y me salto la salida de la autovía, y luego la siguiente salida, y al final recorro 40 kilómetros de más.

-Yo lo he conseguido todo con mucho, mucho esfuerzo. Porque listo no soy. No entiendo por qué la gente confía en mí.

La cabeza se empeña en no almacenar

Y me doy cuenta de que viven con tal incertidumbre sobre sus propias capacidades que necesitan tenerlo absolutamente todo controlado. Y por eso apuntan, clasifican... pasan de la minuciosidad absoluta al descontrol total, sin término medio. Porque su cabeza se empeña en no almacenar aquello que escapa a su control directo. Son personas que no son capaces de ver con el rabillo del ojo del cerebro. No son capaces de manejar una tarea principal y varias secundarias. Necesitan solamente la tarea principal o saltar continuamente de una a otra, sin acabar ninguna.

-Nunca sé dónde dejo las llaves- porque cualquier cosa les distrae mientras las tienen en las manos. Porque su memoria de trabajo no les permite gestionar dos estímulos distintos ni determinar el más importante de los dos. Así que... simplemente no almacenan en la memoria a largo plazo lo que no pueden gestionar.

Ambos, en su necesidad de controlar, han vivido una vida laboral con la necesidad de controlarlo todo. Con la sensación de ser un incapaz, un estafador que vale mucho menos de lo que los demás creen. Porque en el fondo soy tonto.

-Yo necesito que las cosas estén bien hechas... y cuando no están bien hechas, me llega la ansiedad. 

Llamémoslo ansiedad. O miedo a no ser capaz de gestionar ninguna eventualidad. Sé que no voy a ser capaz de adaptarme a las tareas secundarias así que intento evitar que ocurran. 

Ambos crecieron creyéndose torpes, sin darse cuenta de que el camino que ellos andaron era mucho más empedrado que el de los demás. Y, sin embargo, lo superaron.

Pero para ambos llegó un punto en el que no podían mantener el control. Y entonces creyeron descubierta la mentira y se derrumbaron 

-Es que yo soy torpe, soy lento. Mi pareja es mucho más inteligente que yo. Es capaz de acordarse de las cosas. ¿Por qué confían en mí en mi trabajo? Si yo, de verdad, que soy mucho menos capaz que los demás...

Y entonces llega la depresión, y la ansiedad, y los medicamentos que solamente ayudan parcialmente. Porque no entienden que no son tontos ni torpes.

Les explico: Mira, el cerebro de algunas personas puede hacer malabares con dos o tres bolas. E incluso, pueden andar mientras los hacen, y esquivar obstáculos sin desviar la mirada de las bolas. Y si alguien les aplaude, no hay problema. 

Tu cerebro puede hacer los malabares. A lo mejor con menos bolas, o incluso con más. Pero si alguien te aplaude, te distraes y se te caen. Si tienes que esquivar un obstáculo, se te caen. Tu capacidad de organización, de planificación y tu memoria de trabajo son más bajas que las de los demás. Pero no eres tonto. Puedes hacer los malabares. Solamente necesitas que nada te distraiga. Incluso has aprendido estrategias para poder llevar una o dos bolas más. Pero se te han caído tantas veces las bolas... que ya no crees en tí. A todo el mundo se le caen las bolas alguna vez. Simplemente hay que recogerlas...  y seguir haciendo malabares. 

 

El TDAH es mucho más que déficit de atención e hiperactividad. Decir que es un déficit en funciones ejecutivas, una mala memoria de trabajo, no explica a los que no lo sufren lo que es de verdad.

Sentir que si algo interrumpe tu tarea no puedes manejarla. Ser incapaz de acabar una tarea porque  solo puedes centrarte en una cosa, y si aparece algo nuevo, en esa otra cosa te centras y abandonas la primera. 

Carecer de una adecuada gestión del tiempo. Necesitas más tiempo para acabar las tareas y, sin embargo, los distintos estímulos se empeñan en aparecer para interrumpirte, y tu poca atención se va a esos estímulos nuevos, y... Madre mía...¿Tan tarde es?

Vivir en una sensación de impotencia continua. Sentir que el mundo se empeña en boicotear tus proyectos. Un niño me decía: "Es que mis compañeros me distraen a posta..." Es que cualquier cosa que hiciese un compañero le distraía.

Y todos esos niños que no se han diagnosticado, que han compensado su TDAH con obsesividad, o con una capacidad intelectual por encima de lo normal, llegan a adultos y no entienden por qué los demás son capaces de recordar una lista de tareas y ellos no. Y eso, señores, no es bueno para la autoestima de nadie. 

 

Etiquetas: TDAH, depresión tdah adulto ansiedad atención

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