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Amor y adicción

Con frecuencia les digo a mis pacientes que están enamorados de su adicción. Es un amor dependiente, tóxico y destructivo. 

La droga es esa persona que cuando la conoces te seduce, te parece maravillosa. Todo en ella te produce placer, incluso esos “pequeños defectitos” como el lunar junto a su boca, el que no le caiga bien a tus amigos o el que haga ese ruidito gracioso al reir.
 
Enamorar a alguien, dice mi profesor, no tiene mérito. Algo nos mueve de esa persona y en unos segundos dispara nuestros circuitos de memoria del placer. No te das cuenta apenas hasta que ya es demasiado tarde. En la primera fase del amor, el encandiliamiento o limerence: estado mental involuntario que resulta de una atracción romántica por parte de una persona hacia otra, combinada con una necesidad imperante y obsesiva de ser respondido de la misma forma. Es la presencia de la otra persona la que nos produce satisfacción. Da igual lo horrible que sea realmente esa persona, lo que mis amigos o familia me avisen de ella. La atracción es invencible.
 
El amor romántico es obsesivo, no es una emoción sino un impulso, una motivación hacia el otro. Nos aporta una sensación de euforia y centra nuestra atención únicamente en el otro. Igualmente el adicto a cualquier tóxico es obsesivo, pasa su tiempo pensando en el consumo, el consumo es su motivación para todo (salir, trabajar, engañar, robar...) y toda su atención se centra en la sustancia.
 
Al igual con las adicciones, se produce un estado de atracción hacia el consumo, de modo que da igual aquello que sepamos sobre el daño que nos puede hacer, da igual lo que nos diga la familia, los amigos.
 
En el amor dependiente, tóxico, el enamorado se funde con el objeto de su amor y pierde su propia escencia en favor de la del otro. Igualmente, en la dependencia a tóxicos el dependiente deja de Ser sujeto para Ser adicto: toda su vida, todos sus pensamientos, están orientados a lograr una nueva dosis de su sustancia.
 
Y como en el amor tóxico el enamorado poco a poco va viendo el daño que le hace la otra persona. Ve el mal trato, ve como se le anula, como pierde su círculo de amistades e incluso su trabajo... y no puede evitarlo. No puede vivir sin el otro. Al igual en la adicción el adicto, de modo más o menos consciente, sabe que está perdiéndolo todo en favor de su consumo y, aún así, no puede evitar deslizarse por el abismo del consumo.
 
Todas estas semejanzas tienen un correlato neurobiologico:

En el enamoramiento se elevan los niveles de Dopamina y Noradrenalina, mientras bajan los de Serotonina.

 
  • Los niveles bajos de serotonina facilitan un pensamiento rumiativo, obsesivo, así como una sensación de “falta de algo”, angustia quizás, y facilitan la memoria. En el enmoramiento los niveles de Serotonina llegan a bajar hasta los niveles que se encuentran en un Trastorno Obsesivo Compulsivo. ¿Cuántas veces hay que comprobar los grifos para pensar que tienes un problema?¿Cuantas veces piensan los enamorados en el otro?
  • Los niveles elevados de Noradrenalina facilitan un estado de activación, de impulso y concentración
  • Los niveles altos de Dopamina se asocian a la sensación de placer y a la motivación y recompensa, al mismo tiempo que a la dependencia y el anhelo del otro. Mejora la concentración, produce insomnio y pérdida de apetito y aumenta el deseo sexual.
 
 
Se activan en el amor romántico el sistema e recompensa de Dopamina mesocorticolimbico, que incluye el Área Tegmentl Ventral, el núcleo accumbens, la corteza prefrontal (que supone alguna modulación en este sistema), la amígdala y el hipotálamo. También la ínsula medial, en cíngulo anterior, el hipocampo y partes del estriado.
 
Por otra parte, similar sistema se activa con el consumo de drogas. De un modo u otro todas (alcohol, tabaco, opiáceos, cocaína...) acaban activando el sistema dopaminérgico de recompensa, con activación de la vía mesolímbica dopaminérgica, que nace en el área Tegmental Ventral, con una regulación al alza del núcleo accumbens y la amígdala. Y esta es una vía común a todas las drogas, que coincide en las áreas de activación con el amor romántico.
 
Y siendo así que vemos que el adicto está enamorado de su sustancia... ¿qué podemos hacer? ¿Qué debe hacer alguien que se da cuenta de que está enganchado en una relación adictiva, tóxica, de la que no puede salir? Alguien que ve que el amor le está costando demasiada vida y que, pese a estar terriblemente enamorado, sabe que debe salir de esa relación?
 
En primer lugar, debe tomar una decisión: Hacer un balance de las desventajas de estar con esa persona y las ventajas de no estar con ella.
 
Una vez tomada la decisión, se da el paso del abandono. Aquí te dejo amiga/o, no podemos seguir, no es por tí, es por mí... y todo lo que queráis.
 
Y, a partir de aquí llega lo difícil: la fase de control estimular. No debe tener absolutamente ningún contacto con esa persona. No debe mirar su facebook, debe bloquearle el whatssap, dejar de frecuentar los lugares a los que iban juntos, no visitar aquel sítio donde se besaron por primera vez. Debe evitar los amigos comunes.
 
Pero... si simplemente le quitamos cosas a la vida, poco durará el enamorado en su empeño. Ese tiempo que pasaba con su objeto de amor debe empezar a llenarlo con algo: nuevas aficiones, deporte, contactos. Puede empezar a ir al gimnasio o hacer encaje de bolillos. Leer, cantar. Incluso es posible que le venga bien estar con alguien que se haya desenamorado antes que él, que le ayude a pasar por las distintas etapas del desenamoramiento. Debe evitar, incluso, acercarse románticamente a personas que le recuerden a su ex. Si vuelvo con alguien igual... volveré a engancharme.
 
Al pasar de los meses empezará a recordar su relación sin dolor. Habrá aprendido cosas de esa pareja pero no necesitará estar con ella. Debe saber, sin embargo, que un momento de debilidad, una llamada, un “te echo de menos” es suficiente para volver a recaer en su relación tóxica.
 
Igualmente debemos hacerlo en el abandono de los tóxicos: Te dejo, querida sustancia. Me has dado buenos ratos, pero también te has llevado mucho. No te quiero volver ver.
Y entonces desaparecer. Desaparecer el contacto de los camellos y de los amigos con los que consumía, por muy buenas personas que le parezcan. Dejar de hacer las cosas que hacía antes de consumir. No acercarse a sustancias parecidas.
 
Puede ayudarse de profesionales que le guíen en sus pasos, y de personas que hayan pasado por lo mismo.
 
Y, desde luego, debe llenar sus espacios. Eso que antes llenaba el consumo, esa vía fácil de gestión de los conflictos debe sustituirse por otra más adaptativa. La soledad se ha de llenar de personas no tóxicas para él. El tiempo de aficiones que le produzcan nuevos placeres. Debe volver a saborear la vida sin su droga, sin su amor.
 
¿Más información?
 
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Dra. Ruth Arenas Mata en Doctoralia

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